Una novia entrometida. Jessica Steele

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Una novia entrometida - Jessica Steele


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      Editado por Harlequin Ibérica.

      Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

      Núñez de Balboa, 56

      28001 Madrid

      © 1999 Jessica Steele

      © 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

      Una novia entrometida, n.º 1517 - octubre 2020

      Título original: The Feisty Fiancee

      Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

      Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

      Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

      Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

      ® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

      ® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

      Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

      Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

      Todos los derechos están reservados.

      I.S.B.N.:978-84-1348-876-9

      Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

      Índice

       Créditos

       Capítulo 1

       Capítulo 2

       Capítulo 3

       Capítulo 4

       Capítulo 5

       Capítulo 6

       Capítulo 7

       Capítulo 8

       Si te ha gustado este libro…

      Capítulo 1

      ERA el primer trabajo que tenía y estaba encantada. Yancie se metió en la autopista con el Mercedes y en cuestión de minutos se colocó en el carril más rápido, para ir a recoger a su pasajero.

      Esa era la mayor pega de su nuevo trabajo, que tenía que viajar y había muchos tiempos muertos. Y ella no estaba acostumbrada a esperar. Estaba acostumbrada a estar ocupada todo el tiempo. Pero hasta ese momento las esperas no le habían supuesto un problema. Llevaba trabajando tan solo tres semanas. Su trabajo consistía en llevar de un sitio a otro a altos ejecutivos de una empresa. Después de la primera semana, los tiempos de espera los había dedicado a visitar museos, galerías de arte, a ir al cine y a ver a algunos amigos, si estaba cerca de ellos. Un día hasta pudo ir a casa de su madre, no sin antes quitarse la tarjeta de identificación que llevaba siempre en su uniforme.

      Yancie estaba segura de que su madre no pondría buena cara si se enteraba de que no solo se había ido de casa, donde vivía con su padrastro, sino que incluso había encontrado trabajo. Una vez le dijo que quería trabajar y su madre se había escandalizado.

      Era mejor no decir nada. Era mejor que no supiera lo que hacía y estar bien con ella.

      Yancie miró la tarjeta de identificación que había dejado en el asiento de al lado. Tendría que recordar ponérsela otra vez cuando fuera a buscar al señor Clements.

      Mientras conducía pensó que más que encontrar el trabajo, el trabajo le había encontrado a ella. Aunque la verdad, había sido su primo Greville el que se lo proporcionó. Aunque para ser más precisos había que decir que Greville era medio primo.

      Yancie conducía muy bien y sabía anticipar lo que iban a hacer los otros conductores mientras ella pensaba en sus cosas.

      No solo había ido a casa de su madre una vez abandonada la comodidad de la casa de su padrastro, que compartía con la hija de este, sino también a casa de su tía Delia, la madre de Greville.

      Yancie pensó que nunca le tenía que haber prestado el coche a Suzannah Lloyd. No lo habría hecho, si hubiera sabido que Sukey iba a tener un accidente y le iban a dar siniestro total. Después de haber comprobado que Sukey estaba bien y que nadie había sufrido daño alguno, Yancie le había contado a su padrastro lo que había ocurrido.

      Ralph Proctor era un padrastro excelente. Había pensado que él se preocuparía por Sukey, como le ocurrió a ella, pero para su sorpresa lo que hizo fue regañarle por dejarle el coche a todo el mundo.

      Por desgracia, la hija de Ralph, Estelle, estaba presente cuando le regañó y la había mirado como preguntándole si pensaba que su padre iba a comprarle un coche nuevo.

      Yancie no fue la única sorprendida. Incluso a su padrastro le extrañó el tono que utilizó su hija. Antes de que él pudiera responder, Yancie le contestó:

      –¡Ni siquiera se me había ocurrido! Tengo suficiente dinero como para…

      –¡Ese dinero es el que te da mi padre! –le replicó Estelle. Yancie se quedó mirándola boquiabierta.

      –Yo nunca se lo pedí –fue la mejor respuesta que se le ocurrió.

      –Pero sin embargo no lo rechazas, ¿verdad? –atacó Estelle. En ese momento se dio cuenta de que ya no podía seguir viviendo con su padrastro y su hermanastra. No se había imaginado que Estelle estuviera tan resentida con ella.

      –No te preocupes que no voy a aceptar ni un céntimo más de tu padre –le había respondido Yancie con mucha calma. Y se marchó. No quiso escuchar la reprimenda de su padrastro.

      –¡Estelle! –lo oyó decirle cuando ella salía de la habitación y cerraba la puerta–. Sabes más que de sobra que Yancie se gana el dinero que recibe con el trabajo que hace en esta casa.

      –¡Pues pon un anuncio buscando una chica!

      Yancie no quiso seguir oyéndolos. No podía quedarse en aquella casa después de lo ocurrido. Se fue donde sus primas Fennia y Astra se iban cuando tenían problemas. Se fue a casa de su tía Delia.

      –Nunca me gustó Estelle Proctor –Delia Alford opinó, cuando Yancie le contó lo que había sucedido.

      –De todas maneras, es verdad que yo acepté el dinero que me dio Ralph.


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