Miradas egipcias. Hélène Blocquaux

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Miradas egipcias - Hélène Blocquaux


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Mohamed pide que la puerta no se cierre cuando Fuad visita a su prometida a solas, resuelve las compras de último momento en la tienda más cercana o lava el coche mediante un generoso bakshish23 cuyo monto queda a la apreciación del locatario solicitante. Mohamed sueña con regresar a vivir a la tierra de su abuelo y volverse labrador, sin embargo, Iman su esposa insiste en que la vida es más amena aquí en la nostálgica Alejandría, la segunda capital de Egipto, lugar aspiracional de un futuro más alentador.

      Una noche, al llegar, no veo a Mohamed ni en la calle ni en la portería cuya puerta está abierta. Las paredes despintadas cubiertas de adornos y recuerdos resumen la vida de Mohamed: un calendario del año y otro de diez años atrás, la foto sus cinco varones escalonados y diversos papeles con apuntes y números sostenidos por tachuelas. Un discreto raspado de garganta me hace sobresaltar, Mohamed se encuentra detrás de mí. Le explico que probablemente he perdido mis llaves y que necesito llamar a un cerrajero. “Primero, hay que avisar a la policía”. Presiento que se avecina una larga noche de desvelo. Mohamed frunce el ceño y recoge un juego de llaves dejado seguramente por Imán. “¿No serán éstas sus llaves?”

      Abrir la puerta de mi departamento unos minutos antes de la medianoche fue un momento de peculiar alegría.

      Mina

7MINA

      Mina apresura el paso para llegar puntualmente a la cena organizada por el grupo de arqueólogos internacionales con motivo del último gran descubrimiento submarino. Unos días atrás, las aguas azuladas y apacibles que esconden tesoros desde épocas milenarias entregaron a la búsqueda de los buceadores una estatua femenina cuya identidad seguía sin revelar. En descendencia directa de los faraones, Mina el copto24 siempre ha reivindicado su condición de egipcio auténtico al no celebrar ninguna celebración musulmana, ni siquiera la fiesta del Aíd El kebir25 en la que un tercio de la carne se regala a los pobres mientras que los demás alimentos se comparten durante la comida familiar. La ofrenda de los animales no es parte de sus tradiciones, al menos que despose una mujer de otra confesión y se convierta al islam. La hermosa Alejandría se encuentra envuelta en sutiles fragancias marinas mezcladas con el tabaco perfumado de las shishas que acostumbran fumar los egipcios a cualquier hora. Este aroma tan característico como inolvidable desaparece en estos días religiosos debido a la concentración de sangre de los corderos derramada en los patios de los edificios y en las calles. Una fetidez tan fuerte, que para caminar por las calles me tengo que tapar la boca y respirar sin parar el perfume impregnado en un pañuelo, procurando no voltear hacía las banquetas todavía maculadas. A lo lejos, sólo el silencio imponente del mar, aunque tengo la sensación de escuchar todavía los balidos desesperados de los borregos cautivos en los balcones, esperando la hora de su sacrificio. En el restaurante, los arqueólogos se deleitan con el pan árabe recién horneado que acompañan con una amplia variedad de salsas antes de decidirse por ordenar el platillo principal. Mina lee la carta y Jean pregunta si desean pedir una botella de vino. “No les puedo servir nada de alcohol, señores, durante Ramadán”,25 interviene categóricamente el mesero, “pero tengo un té delicioso”, agrega con un tono de complicidad. Sorprendido por su atrevimiento, Mina prefiere quedar callado. El hombre regresa unos instantes después. Un vino tinto de cuerpo oscuro escurre de la tetera para ser degustado por los comensales en tazas de porcelana blanca.

      Desde la ventana de mi departamento en este día de asueto, contemplo la tranquilidad del Mediterráneo que ofrece la tarde. Pasarán días antes de que desaparezcan el olor y las huellas de la sangre expuesta por la cohorte de los corderos sacrificados.

      Murad

8MURAD

      Si bien el colorido de los taxis alejandrinos es invariablemente bicolor,26 tanto el modelo como su estado pueden resultar de peculiar aspecto y llegar hasta lo insólito, si pensamos en la edad del chofer que suele sumar menos años que los de su vehículo. Conduciendo al ritmo del tumulto y tomando el pulso de su gente en la calle, Murad recorre diariamente la ciudad por todos sus puntos cardinales. Pero su ritmo cardiaco se acelera conforme su coche se aproxima a la Biblioteca Alexandrina27 en los horarios de entrada y de salida de los empleados. Murad está enamorado de una mujer cuyo nombre logró conseguir después de varios meses de investigación y de preguntas a los guardias de la biblioteca. Nihal, de cabello teñido de rubio y peinado siempre a la perfección, es bibliotecaria. Detenido en un embotellamiento, Murad se empieza a desesperar y toca el claxon a pesar de la prohibición oficial. En Alejandría, tocar el claxon es hacerse acreedor de una multa; por lo tanto, los conductores hacen un uso menos frecuente que sus homólogos cairotas quienes no conciben manejar sin el ruido continuo del mismo. Ahí, circular por las calles es un espectáculo auditivo y acrobático que procura la misma sensación que la práctica de un deporte extremo agregando los decibeles. Por ejemplo, el cruzar la Corniche sin resultar atropellado es una hazaña merecedora de un premio a la vida. Cuentan los Alejandrinos que los peatones fueron olvidados durante la construcción de los 30 kilómetros al haber muy pocos accesos subterráneos. Murad enciende el radio para distraerse tratando así de olvidar que Nihal seguramente ya salió del trabajo y que hoy será un día sin disfrutar de su presencia efímera. Un pasajero sube apresurado y pide a Murad llegar cuanto antes a la biblioteca para recoger a su novia. Acostumbrado a recoger las confidencias de sus clientes, Murad sonríe, pero en esta ocasión, con un extraño apretón en el corazón. Bromea con el hombre, mirándolo a través del retrovisor con tal de indagar más. Parece abogado por su vestimenta y por la seguridad con la que cree llegar a tiempo pese al tráfico incesante. Murad se seca la frente con un pañuelo y logra rebasar en zigzag a varios coches. “Mafish mushkela28 ya Basha,29 ya casi estamos”. Murad se percata súbitamente que nunca ha preguntado si su amada tiene novio o, por qué no, marido. ¿Y qué tal si…? Sería demasiada coincidencia reflexiona el chofer estacionándose a unos pasos de la entrada principal. Una mujer íntegramente velada de negro sube al taxi, Murad arranca y sube el volumen del radio para celebrar una tarde tan feliz.

      “Arabi kwayyes ya madam”.30 Después de decirme que hablaba bien el árabe local y enseñarme alguna palabra nueva o nombre de calle, seguía invariablemente preguntándose sobre el esposo que inventaba: diplomático alemán, matemático francés, maestro americano para evadir la pregunta.

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