El Misterioso Tesoro De Roma. Juan Moisés De La Serna

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El Misterioso Tesoro De Roma - Juan Moisés De La Serna


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      Quizás era sólo una percepción, puede que fuese debido a que utilizábamos prendas de vestir diferentes a los que estábamos acostumbrados a ver por allí.

      Sea por lo que sea, con el disgusto del hurto que habíamos sufrido durante la mañana, andábamos con cuidado de que no se produjese ningún otro altercado o problema parecido, sabiendo que ahora éramos menos.

      Quizás nuestro viaje había sido demasiado precipitado por las circunstancias socio-políticas del momento, pero era una señal de buena voluntad por parte de nuestra academia, una muestra de cooperación e intercambio.

      No sé si algún grupo de estudiantes italianos iban a visitar nuestro país, supongo que sería lo que correspondiese, pero mi información no llegaba a tanto.

      Puede que fuese parte de una política aperturista con el resto del mundo, no lo sé, lo que estaba claro es que nunca había visitado el país y que era una gran oportunidad para hacerlo, por lo que no quería que nada ni nadie me lo entorpeciese.

      Si el compañero al que le habían robado la cartera me hubiese dicho la cantidad que le faltaba yo mismo se lo hubiese desembolsado para así poder continuar con tranquilidad con aquella excursión.

      No me imagino qué otro elemento de valor podría tener en la misma, pues toda la documentación la teníamos depositada en la embajada. Aquí para movernos en la ciudad nos habían facilitado una ficha en la que ponía nuestros datos, las señas del hotel donde nos alojábamos y el teléfono de la embajada. A pesar de estar en plena primavera recién estrenada, hacía bastante calor y no estábamos acostumbrados a unas temperaturas tan elevadas en esta época del año y nos resultaba difícil encontrar fuentes para beber.

      De las que había no estábamos seguros de que fuesen potable, a pesar de que las personas de allí la bebían sin ninguna preocupación, pero nosotros por prudencia, preferimos únicamente refrescarnos las manos y la cabeza, pues una fuente que lleva funcionando tantos cientos de años, no puede estar tan limpia como deseábamos.

      Quizás era el contraste, pero aquellas personas nos parecían bastante inocentes, alejados de las grandes urbes llenas del humo de las fábricas próximas, a lo cual estábamos acostumbrados, pero algo así debían de pensar de nosotros, cuando nos asombramos de los detalles que ellos contemplaban todos los días.

      Tanto nos gustaba lo que veíamos, que algunos de mis compañeros para no olvidarlo se dedicaban a recogerlo en sus cuadernos de dibujos, rellenándolos de siluetas más o menos conseguidas de los edificios más significativos e importantes. Otros por el contrario parece que se les daba mejor la escritura y se detenían en cada calle intentando relatar en unos pocos párrafos aquella maravilla que percibíamos. Únicamente había un par de compañeros que habían conseguido traerse unas cámaras de fotos.

      No sé cómo la habrían pasado por la aduana, pues nos habían dado instrucciones concretas antes de salir sobre que no podíamos sacar nada de tecnología de nuestro país, pero supongo que el apellido de los padres de aquellos compañeros pesaba más que cualquier otra norma escrita.

      De vez en cuando nos pedían que nos detuviésemos para hacernos algunas fotos en las que apareciésemos todo el grupo y en la parte posterior el edificio en cuestión.

      Quizás en esto de viajar había sido más inexperto que el resto, ya que únicamente me había traído un pequeño cuaderno de anotaciones, en el que pretendía recoger cada día lo que era más destacable sin tratar de plasmar en aquellas pocas líneas la admiración que despertaba en mí aquella ciudad a cada paso.

      Uno de los aspectos que me parecieron más curiosos por el contraste con lo que conocía, se refería a la forma de vestir de las féminas. Las mujeres mayores, solían llevar sobre su cabeza un pañuelo de color negro y vestían del mismo tono. Las jóvenes lo hacían con colores discretos y pañuelos muy llamativos.

      Acostumbrado a ver a las de mi país maquilladas, con grandes faldas de vuelo, con mangas cortas en donde se las veía los brazos y llevando únicamente algunas el pañuelo como un detalle decorativo.

      Además parecía que existía una clara diferenciación entre sexos en cuanto a lo que se podía o no hacer, así los hombres se iban pavoneando por la calle con sus trajes que parecían las mejores galas donde la mayoría cuando no estaba en el trabajo empleaba una simple camisa debido al calor reinante, pero era una actitud algo rara para nosotros, los hombres parecían ser los que mandaban en la sociedad, mientras que las mujeres recatadas procuraban pasar totalmente desapercibidas, como si no tuviesen nada que demostrar ni aportar.

      Aquello me parecía bastante sorprendente, es como si todos se hubiesen quedado estancados en el tiempo, en cuanto a cómo se visten me refiero, pues no creo que sea algo religioso, como sucede con los cuákeros, una comunidad que se había aislado del mundo, manteniendo su cultura sin querer progresar, muestra de ello era la vestimenta que utilizaban que no distaba tanto de la que veíamos ahora.

      Bueno esas eran mis impresiones en ese momento, con el tiempo llegaría a comprender la cultura que estaba viendo, y todo era fruto de mi inexperiencia, pues según me indicaron los compañeros que habían viajado por Europa en otros momentos, según a qué país se fuese existían unas costumbres y formas de vestir totalmente diferentes.

      Incluso el trato entre los hombres y las mujeres era bastante diferente según el país en donde se encontrase, así me contaron de la exuberancia de la mujer francesa que exhibía sus cualidades sin decoro, así no esperaba a que fuese el hombre quien fuese en su búsqueda, sino que era ella quien escogía a aquel que le parecía más galante.

      Incluso con otros lugares en que compartíamos una cultura e idioma común, parecían todavía mantener tradiciones bastante particulares, así diferencia de lo que sucedía en nuestro país desde hacía tiempo, las mujeres todavía no habían conseguido tener un nivel de independencia económica y política suficiente, y eso que era en Inglaterra, donde se produjeron los primeros movimientos para obtener el sufragio universal, es decir, que la mujer pudiese votar a la hora de elegir a sus representantes legales y con ello se las reconociese una serie de derechos que le equiparaban al hombre, pero quitando el aspecto político, todavía había muchas que no trabajaban más allá que en los sectores minoritarios y en sus casas.

      Aquellas comparativas no me dejaban de asombrar, sería que esta parte del mundo iba evolucionando más lentamente de lo que creía.

      Por lo menos en mi país se había hecho un esfuerzo importante por compartir su cultura con el resto, a la vez que había integrado dentro de la sociedad a todos los emigrantes que en las últimas décadas habían llegado provenientes de todos los países de Europa, refugiados políticos, acogidos o simplemente familiares, que de esta forma se reencontraban.

      Bastantes habían venido huyendo de un sistema político que no les convencía, otros buscando mejores condiciones de vida y oportunidades de trabajo y a todos se les había acogido sin diferencia de sexo, raza o religión.

      En poco tiempo habían asimilado la cultura del país sin perder la suya propia así por la calle era difícil distinguirlos, ni en las escuelas ni en los trabajos.

      Quizás lo que más resaltaba era el color de su piel o algunas acepciones de la cara, pero como ya existían tantos que llevaban en este país generaciones y generaciones, que no era indicativo de nada.

      Lo que sí que mantenían como señal de identidad eran sus ritos y ceremonias, a la hora de casarse o para despedirse de sus seres queridos cuando estos morían a alguno de los cuales había asistido en más de una ocasión, las primeras veces por curiosidad y las demás por amistad.

      CAPÍTULO 2. LA PRIMERA SORPRESA

      Anduvimos recorriendo aquellas antiguas calles, muchas de ellas adoquinadas, en busca de lo que se suponía sería una corta visita, pero eran interminables e innumerables los lugares de interés turístico, por lo menos así se lo parecía al resto de los miembros del grupo, que se emocionaban cada vez que torcíamos una esquina descubriendo una destacada y antigua edificación.

      A mí tantas visitas a edificios históricos


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