Sigmund Freud: Obras Completas. Sigmund Freud

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«IEmmy!» y la otra fórmula más extensa, como dispositivos protectores, por un acto voluntario de la enferma, en el paroxismo histérico-; cualquiera que sea su génesis, repetimos, poseen el carácter común de hallarse en una visible conexión -primitiva o permanente- con traumas, de los cuales constituyen símbolos en la actividad mnémica.

      Otros de los síntomas somáticos de la enferma no eran de naturaleza histérica; por ejemplo, los calambres en la nuca, que hemos de considerar como una jaqueca modificada, debiendo incluirse, por tanto, entre las afecciones orgánicas y no entre las neurosis. Pero a ellos suelen enlazarse casi siempre síntomas histéricos. Así, Emmy de N. los aprovechaba como contenido de sus ataques histéricos, no mostrando, en cambio, los fenómenos típicos de esta clase de accesos.

      Para completar la característica del estado psíquico de esta paciente, examinaremos ahora las modificaciones patológicas de la consciencia en ella observables. Del mismo modo que los calambres en la nuca, también las impresiones penosas (cf. el último delirio en el jardín) o las alusiones a cualquiera de sus traumas provocaban en la enferma un estado delirante en el cual -según las escasas observaciones que sobre este extremo puedo realizar- dominaban una disminución de la consciencia y una forzosa asociación, análogas a Ias que comprobamos en el fenómeno onírico, quedando sumamente facilitadas las alucinaciones y las ilusiones, y siendo deducidas conclusiones falsas o hasta insensatas. Este estado, comparable con el de enajenación mental, sustituye verosímilmente al ataque, siendo quizá una psicosis aguda surgida como equivalente del ataque histérico, psicosis que podríamos calificar de «demencia alucinatoria». El hecho de que a veces se revelase un fragmento de los antiguos recuerdos traumáticos, como fundamento del delirio, nos muestra otra analogía de estos estados con el ataque histérico típico. El paso desde el estado normal a este delirio tiene lugar, a veces, de un modo imperceptible. Al principio del tratamiento se extendía el delirio a través de todo el día, haciéndose así difícil decir, con respecto a cada uno de los síntomas, si correspondían únicamente -como los gestos- al estado psíquico, en calidad de síntomas del acceso, o habían llegado a ser, como el castañeteo y la tartamudez, verdaderos síntomas crónicos. Muchas veces, sólo a posteriori se Iograba diferenciar qué pertenecía al delirio y qué al estado normal. Estos dos estados se hallaban separados por la memoria, asombrándose la paciente cuando se la hacía ver lo que el delirio había introducido en una conversación sostenida en estado normal. Mi primera conversación con ella constituyó un singularísimo ejemplo de cómo se mezclaban ambos estados sin tener la menor noticia de otro. Una sola vez me fue dado comprobar, durante este desequilibrio psíquico, un influjo de consciencia normal, que perseguía el presente. Ello fue cuando me dio la respuesta, procedente del delirio, de que era una mujer del siglo pasado.

      El análisis de este delirio de Emmy de N. no pudo llevarse a su último término, porque el estado de la paciente mejoró en seguida, hasta tal punto, que los delirios se diferenciaron con toda precisión de la vida normal, limitándose a los accesos de calambres en la nuca. En cambio, logré una amplia experiencia sobre la conducta de la paciente en un tercer estado psíquico; esto es, en el sonambulismo artificial. Mientras que en su propio estado normal ignoraba lo que había experimentado psíquicamente en sus delirios o en el sonambulismo, disponía en este último de los recuerdos correspondientes a dichos tres estados, siendo realmente el sonambulismo su estado más normal. Haciendo abstracción, en primer lugar, de que en el sonambulismo se mostraba menos reservada para conmigo que en sus mejores momentos de la vida corriente, hablándome de sus circunstancias familiares, etc., mientras que fuera de dicho estado que trataba como a un extraño, y prescindiendo también de su completa sugestibilidad como sujeto hipnótico, puedo afirmar que durante el sonambulismo se hallaba en un perfecto estado normal. Era muy interesante observar que este sonambulismo no mostraba, por otra parte, ningún carácter supranormal, entrañando todos los defectos psíquicos que atribuimos al estado normal de consciencia. Los siguientes ejemplos aclararán los caracteres de la memoria de la paciente en eI estado de sonambulismo. En una de nuestras conversaciones me habló de lo bonita que era una planta que adornaba el hall del sanatorio, preguntándome luego: «¿Puede usted decirme cómo se llama? Yo sabía antes su nombre alemán y su nombre latino, pero he olvidado ambos.» La paciente era una excelente botánica, mientras que yo hube de confesar mi ignorancia en estas materias. Pocos minutos después le pregunté en la hipnosis: «¿Sabe usted ahora el nombre de la planta que hay en el hall?». Y, sin pararse a reflexionar un solo instante, me contestó: «Su nombre vulgar es hortensia; el nombre latino lo he olvidado de verdad.» Otra vez, sintiéndose bien y muy animada, me hablaba de una visita a las catacumbas romanas, y al hacerme su descripción le fue imposible hallar los nombres correspondientes a dos lugares de las mismas, sin que luego, en la hipnosis, lograse tampoco recordarlos. Entonces le mandé que no pensase más en ellos, pues al día siguiente, cuando se hallara en el jardín y fueran ya cerca de las seis, surgirían de repente en su memoria.

      Al siguiente día hablamos de un tema sin relación alguna con las catacumbas, cuando de súbito se interrumpió, exclamando: «¡La cripta y el columbarium, doctor!» «iAh! Esas son las palabras que ayer no podía usted encontrar. ¿Cuándo las ha recordado usted?» «Esta tarde, en el jardín, poco antes de subir.» Con estas últimas palabras me indicaba que se había atenido estrictamente al momento marcado, pues solía permanecer en el jardín hasta las seis. Así, pues, tampoco en el sonambulismo disponía de todo su conocimiento, existiendo aún para ella una consciencia actual y otra potencial. Con frecuencia sucedía también que al preguntarle yo, en el sonambulismo, de dónde procedía determinado fenómeno arrugaba el entrecejo y contestaba tímidamente: «No lo sé.» En estos casos acostumbraba yo decirle: «Reflexione usted un poco y en seguida lo sabrá», como así sucedía, en efecto, pues al cabo de algunos instantes de reflexión me proporcionaba casi siempre la respuesta pedida.

      Cuando esta inmediata reflexión no tenía resultado, daba a la paciente el plazo de un día para recordar lo buscado, obteniendo siempre la información deseada. La sujeto, que en la vida corriente evitaba con todo escrúpulo faltar a la verdad, no mentía tampoco nunca en la hipnosis: únicamente le sucedía a veces dar informaciones incompletas, silenciando una parte de las mismas, hasta que yo la forzaba a completarlas en una segunda sesión. En general, era la repugnancia que el tema le inspiraba lo que sellaba sus labios en estas ocasiones. No obstante estas restricciones, su conducta en el sonambulismo daba la impresión de un libre desarrollo de su energía mental y de un completo dominio de su acervo de recuerdos.

      Su gran sugestibilidad en el sonambulismo se hallaba, sin embargo, muy lejos de constituir una falta patológica de resistencia. En general, mis sugestiones no le producían más impresión que la que era de esperar, dada una semejante penetración en el mecanismo psíquico en toda persona que me hubiese escuchado con gran confianza y completa claridad mental, con la sola diferencia de que esta paciente no podía en su estado normal observar con respecto a mí una disposición favorable. Cuando no me era posible aducirle argumentos convincentes, como sucedió con respecto a la zoofobia, y quería actuar por medio de la sugestión autoritaria, se pintaba siempre una expresión tirante y desconocida en el rostro de la sujeto, y cuando al final le preguntaba: «Vamos a ver: ¿seguirá usted teniendo miedo a ese animal?», su respuesta era: «No… Porque usted me lo manda.» Estas promesas, que sólo se apoyaban en su docilidad a mis mandatos, no dieron nunca el resultado apetecido, análogamente a las instrucciones generales que le prodigué, en lugar de las cuales hubiera podido repetir, con igual resultado, la sugestión: «Ya está usted completamente sana.»

      La sujeto, que conservaba tan tenazmente sus síntomas contra toda sugestión, y sólo los abandonaba ante el análisis psíquico o la convicción, se mostraba, en cambio, docilísima cuando la sugestión versaba sobre temas carentes de relación con su enfermedad. En páginas anteriores hemos consignado ya varios ejemplos de tal obediencia posthipnótica. A mi juicio, no existe aquí contradicción alguna. En este terreno había también de vencer, como siempre, la representación más enérgica. Examinando el mecanismo de la «idea fija» patológica, la hallamos basada y apoyada en tantos y tan intensos sucesos, que no puede asombrarnos comprobar su propiedad de oponer victoriosa resistencia a una representación contraria no provista sino de cierta energía. Un cerebro del que fuese posible hacer desaparecer por medio de Ia sugestión consecuencias tan justificadas de intensos procesos


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