Corazones en llamas. Marie Ferrarella

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Corazones en llamas - Marie Ferrarella


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      —Bueno, tiene una hija. ¿Cómo sabes que no está casada?

      CeCe se volvió cuando alcanzaron la isleta y se despidió con la mano. Bryce le devolvió el gesto.

      —Su hija no ha dicho nada de un padre.

      Riley se encogió de hombros.

      —Eso no significa que no exista, Walker. Tal vez solo esté enfadada con él.

      —Tenías que haberla oído.

      —Lamento no haber estado presente. Bonito trasero.

      Bryce supo que Riley no había querido molestarlo con ese comentario, pero aun así, no pudo evitar decirle:

      —¿Tú besas a tu madre con esa boca?

      Riley sonrió.

      —Solo cuando ella se empeña. ¿No detecto una nota caballerosa en esas palabras?

      Bryce vio que otra mujer se acercaba apresuradamente a Lisa y abrazaba a CeCe. Pensó que esa debía ser la abuela.

      —No más de lo habitual.

      —Oh, pero esa es distinta de lo habitual. Como he dicho, no parece de tu tipo.

      —¿Y cuál es mi tipo?

      —Sin ataduras. Por si no te has dado cuenta, esa parece llena de ataduras.

      Bryce se rio.

      —No te pases, Riley. Como has dejado claro tan delicadamente, esa chica ni siquiera ha querido salir a cenar conmigo.

      —¿Detecto la llamada del reto en tu voz?

      Ya era hora de cambiar de conversación, pensó Bryce.

      —No, pero ya me puedo imaginar a diez bomberos hambrientos estrangulándote por no haber hecho la cena cuando es tu turno de cocinar.

      Riley se pasó la mano por la cabeza.

      —Vaya, lo había olvidado. ¿Sigue vacío el frigorífico?

      Bryce lo miró inocentemente, como si no supiera lo que iba a continuación.

      —La última vez que miré, sí.

      —¿No querrías cambiarme el turno, verdad?

      —Ya te lo cambié la última vez. Y la anterior. Los chicos están empezando a pensar que no sabes cocinar.

      Riley suspiró. Conocía muy bien sus limitaciones.

      —Y tienen razón.

      La madre de Riley llevaba un restaurante muy famoso por su cocina. Bryce no entendía cómo era que su talento no se le había pegado a Riley, pero su amigo era un perfecto inútil en la cocina.

      —Ningún momento mejor que el presente para aprender —afirmó Bryce.

      Riley lo miró seriamente.

      —No es eso lo que dices cuando te llevan al hospital con el estómago perforado.

      —Te diré lo que vamos a hacer, iré a comprar algunas cosas, pero tú tendrás que hacer la comida.

      —Compra algo fácil.

      —Me has leído la mente.

      Mientras su amigo se alejaba, Riley lo vio alejarse y dijo:

      —Solo una parte, Walker, solo una parte.

      Bryce sujetó mejor el libro bajo el brazo.

      No era muy propio en él ir a donde no era deseado, ni estaba nada seguro de lo que estaba haciendo allí, en la puerta de la casa de Lisa Billings, llamando con un ramo de flores en una mano, una bolsa con pan en la otra y un libro de ilustraciones bajo el brazo. También había dejado una escoba apoyada en la pared.

      Tenía un montón de excusas listas para ofrecer cuando ella le preguntara, pero no estaba seguro de poder hacerlo.

      No era como si le faltara compañía femenina habitualmente, de hecho tenía más que suficiente. Él pensaba que era por el uniforme. Lo cierto era que él no quería compromisos de ninguna clase, ya estaba comprometido con su trabajo y cualquier mujer que saliera con él sabía que no era de los que se casan. No por querer permanecer libre ni nada así, sino por una razón muy humana. Tenía trece años cuando su padre, también bombero, murió cumpliendo con su deber mientras trataba de salvar de las llamas a dos niños. Y luego él había visto día tras día lo que el sacrificio le había hecho a su madre. Había dejado de sonreír y, por un tiempo, estuvo sumida en una profunda depresión.

      Nunca fue la misma tras la muerte de su padre.

      Para él, el matrimonio era una relación en la cual dos personas se comprometían a vivir juntos el resto de sus vidas. Era natural que diera por hecho que la vida fuera tan larga como resultara posible. Eso no significaba meterse en edificios en llamas de forma habitual, lo cual era su forma de vida. Un bombero arriesga la vida todos los días, se juega cada día la felicidad de los que ama. Y, a veces, pierde. Como había perdido su padre.

      Las lágrimas que él había visto en los ojos de su madre durante todo un año cuando su padre murió con treinta y cuatro años, lo hicieron jurarse a sí mismo que nunca haría pasar eso mismo a nadie.

      Dado que siempre había querido ser bombero, Bryce supo que solo tenía una opción. Podía tener un hogar y una familia o trabajar de bombero, pero no las dos cosas a la vez. Así que dejó un sueño para seguir otro. La mayoría de las veces le parecía un trato justo.

      Pero demasiado a menudo se encontraba a sí mismo preguntándose cómo sería si hubiera seguido el otro camino. Si se hubiera dedicado a hacer casas en vez de salvarlas, a dominar a la naturaleza en vez de luchar contra ella.

      Hablar con CeCe había hecho que se lo volviera a preguntar. Pero se dijo a sí mismo que solo era algo pasajero y que, ir allí esa tarde, después de terminar el servicio, lo hacía solo por ser un buen vecino.

      Llamó a la puerta y esperó. No se oyó nada dentro. Tal vez hubieran salido a comer algo, pensó. Ya no estaba el camión de mudanzas.

      Fue a hacer un último intento cuando la puerta se abrió repentinamente. En vez de a Lisa, se encontró mirando a una mujer que podía haber sido confundida por una versión mayor de ella.

      En vez de pantalones cortos, llevaba un vestido de verano y el corto cabello rubio tenía algunas hebras grises.

      Lo miró con los mismos ojos azules de Lisa y CeCe.

      —¿Sí?

      —No estoy seguro de que sea la casa que busco, ¿pero viven aquí Lisa Billings y su hija CeCe?

      Cecilia miró detalladamente al joven atractivo que tenía delante. Tomó una decisión rápidamente. En su vida nunca había habido demasiado tiempo para pensar.

      Le gustó su boca. Las arrugas de las comisuras indicaban que debía reír frecuentemente. Era una buena señal. Y sus ojos eran amables. Se puede saber mucho de un hombre por sus ojos. Su marido había tenido los ojos amables. El padre de CeCe, no. Pero entonces le había resultado difícil convencer a Lisa. Ella era de las que creía que había que dejar que los hijos cometieran sus propios errores, por doloroso que resultara verlos cometerlos.

      —Sí —dijo Cecilia mirando la escoba apoyada en la pared.

      Ese joven parecía haber ido con un montón de cosas. Llevaba flores en una mano, un libro bajo el brazo y alguna otra cosa más en la bolsa.

      —¿Vende escobas tal vez?

      —No, yo…

      Lisa sintió curiosidad por ver con quién estaba hablando su madre.

      —¿Quién es, madre? ¡Oh, Cielos, es usted!

      Intrigada, Cecilia permitió la entrada al joven.

      —¿Lo conoces?

      La


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