Inconsciente 3.0. Gustavo Dessal
Читать онлайн книгу.de que un sujeto, de manera activa, participe en la construcción de su narrativa. Ello no significa que su libertad sea absoluta, porque su imaginación creadora estará sometida a los condicionamientos de su deseo inconsciente. Dicho de otro modo: inevitablemente escribirá un argumento «contaminado» por su propia ficción originaria, aquella en la que se encuentra inserto en función de su historia personal, las experiencias vividas y los residuos de significaciones que todo eso ha dejado en su inconsciente.
Las redes sociales se han convertido en el vehículo principal de socialización y búsqueda en el plano amoroso y sexual. Tras un período inicial en el que las páginas de citas estaban frecuentadas por personas que más bien padecían dificultades en su vida social, hoy en día las aplicaciones de contactos se han multiplicado, se dirigen a todo el espectro de edades y abarcan una amplia variedad de usuarios, al punto de ser el método por excelencia para buscar pareja. No existen estudios fiables sobre los resultados. A ciencia cierta, desconocemos qué porcentaje de contactos y citas devienen relaciones reales y continuadas. Eso no significa nada, desde luego, porque tampoco tenemos datos sobre las relaciones generadas a partir de los métodos tradicionales. Lo que sí vale la pena señalar es que la tecnología aplicada a la vida amorosa y sexual introduce —entre otras cosas— una variante cuyos efectos son visibles. Me refiero al hecho de que la posibilidad de someter la búsqueda del partenaire a un procedimiento de filtrado más o menos semejante al de cualquier producto de venta on-line (color, tamaño, año de fabricación, peso, precio, etc.) permite alimentar la fantasía de «fabricar» a alguien a la medida de nuestros sueños, de encontrar el complemento ideal, un ser que no habrá de decepcionarnos. Aunque no hay nada confiable en el plano estadístico, el psicoanálisis ha descubierto algo cuyas consecuencias son decisivas, por cuanto revelan y explican una parte fundamental de las peculiaridades humanas en materia de amor y sexo. Con independencia del curso que siga un encuentro amoroso y sexual, la cita es siempre fallida. Lo es incluso en los casos más felices, aquellos en los que parece haberse conquistado una duradera armonía. La cita es siempre fallida porque entre el sujeto y el objeto de su elección existe una fractura inevitable, una inadecuación insalvable.
Ningún objeto es capaz de restaurar por completo el mito del paraíso perdido, de la satisfacción originaria de la que hemos sido desalojados para siempre, por la sencilla razón de que en verdad nunca ha existido. Aunque dicha satisfacción sea un sueño tan antiguo como la humanidad misma, eso no impide que en cada sujeto se repita el secreto anhelo de volver a encontrarla. En ese sentido, internet es el espacio donde se promete la realización de los deseos, la versión ultramoderna de las creencias mágicas, el pozo donde arrojar la moneda de la suerte, la lámpara de la que brotará el genio que se ponga a los pies de nuestras fantasías. Más aún, es también el lugar donde muchos encuentran una «familia alternativa».
El salón de las voces perdidas
Hay otros aspectos sobre los efectos de la tecnología de la comunicación que es importante destacar. Vivimos en una época en la que la velocidad se ha convertido en la seña de identidad histórica y global, que determina la casi totalidad de las acciones humanas. La sociedad de la impaciencia podría ser el modo de nombrar la característica de nuestro tiempo. WhatsApp, la aplicación de mensajería instantánea más utilizada en todo el mundo, hace ya tiempo que incorporó la opción de que el usuario pueda ocultar la hora a la que se ha conectado por última vez, o si ha leído los mensajes. Cuando la expectativa de respuesta inmediata no se ve cumplida, eso puede ser motivo de ofensa, sentimiento de desamor y disputa. El texto escrito va progresivamente sustituyendo a la voz. En las aplicaciones de citas los interlocutores generalmente se conectan por primera vez mediante mensajes escritos y así suelen continuar. Se seducen, se aman, se excitan, se pelean, incluso rompen por escrito.
La propia lengua inglesa ha producido un desplazamiento semántico. El sustantivo chat, que significa «charla», ha derivado su uso en el entorno cibernético al intercambio de mensajes escritos. La voz implica un compromiso mayor, en el que muchas personas —y en especial las jóvenes generaciones— no desean implicarse. La voz pone en juego no solo el significado aparente de un mensaje, sino que también revela algo mucho más esencial: da el tono emocional, modula el contenido de lo que se comunica, al punto de que puede entrar en franca contradicción. La voz nos entrega lo que se dice y el cómo se dice, pero también transmite lo que no se dice. La voz apunta a una verdad del mensaje que está más allá de las palabras, que no se capta en la literalidad del sentido. Es por ello que la tecnología, cuyas ventajas se promocionan invocando el ideal de la proximidad, puede al mismo tiempo producir el efecto contrario. Esto se percibe incluso en el empleo de sistemas más completos como la comunicación mediante videoconferencia. Desde luego que no pondremos en discusión que se trata de un prodigio técnico que ha cambiado nuestra vida y que desde un punto de vista ha acortado la distancia, ha traído a la presencia la imagen y la voz del ausente, ha hecho posible que los negocios, la educación, el amor, el sexo, las relaciones familiares, salven la dimensión del espacio-tiempo. El problema comienza cuando se desdibujan las diferencias entre la vida real y la videoconferencia, cuando la realidad empieza a funcionar como un videojuego, cuando los sujetos se deslizan subrepticiamente hacia la pérdida de sus facultades para soportar la existencia ordinaria.
Realidad virtual, realidad aumentada, realidad holográfica, ponen de manifiesto que el ser humano no ha podido ni podrá jamás soportar su vida sin el auxilio de un artificio (simbólico, imaginario o real) que lo separe de su mísera existencia, empujada hacia la deriva de la incertidumbre. James Poniewozik hacía una impactante observación en una reseña de la keynote realizada por la compañía Apple con motivo del lanzamiento de sus últimos modelos de iPhone, cuando en la gigantesca pantalla de la sede de Cupertino se mostró la fotografía de un cielo estrellado:
El cielo de ese iPhone se ve mucho mejor que el cielo corriente que veo con mis ojos humanos corrientes… Si la publicidad alguna vez nos dijo: Todo va mejor con Coca-Cola, este evento nos dice: Todo luce mejor con Apple13.
Google, el memorioso
El presente y el futuro se nos muestran bajo la perspectiva del imperio absoluto de los datos. Los seres humanos y sus vidas, mutados en algoritmos alojados en la nube, se enfrentan al desafío de una alienación nunca antes concebida. Se trata de un proceso histórico cuya fuerza y destino no está dominado por nadie, ni siquiera por aquellos que son responsables de la ciencia aplicada, ya que la evolución de ese discurso escapa al control de sus inventores y de quienes sirven a él. El adjetivo «viral», con el que se califica la propagación exponencial de una noticia, expresa muy bien el hecho de que el saber científico y sus consecuencias aplicadas constituyen un organismo proteico que se proyecta de manera imprevisible. La creación de una memoria absoluta, en la que toda nuestra biografía en sus mínimos detalles queda registrada para siempre, sin posibilidad del recurso al olvido, no es una utopía, sino una realidad palpable, que se funde con la eterna fantasía de la inmortalidad. Facebook demoró mucho tiempo antes de ceder a la presión de los usuarios para que puedan disponer de un modo de borrar las cuentas de aquellas personas que han fallecido14 y, al mismo tiempo, la plataforma Eternime15 nos ofrece la posibilidad de vivir eternamente en el recuerdo de nuestra descendencia, adquiriendo así una suerte de inmortalidad en el cielo digital.
No es una novedad que los seres humanos se lancen a la búsqueda de otra vida. El deseo, que es esencialmente el deseo de otra cosa y nos mantiene en movimiento, no ha esperado a las nuevas tecnologías para encontrar sus espejismos. Tal vez la diferencia hoy en día sea que el mundo digital es para muchas personas un lugar más habitable que aquel donde no tienen más remedio que pisar. Un sinnúmero de sujetos confiesa que una vida «mixta» es lo más preciado que posee. Incluso ya no es imprescindible disponer de tiempo para sentarse frente a un ordenador. El teléfono móvil, siempre a mano, es el portal que nos franquea «en simultáneo» el acceso a esa otra realidad. No solo nos permite desempeñar una multitarea, sino también una «multivida», y esto último es el punto más sensible de la cuestión. Aunque nos resulte difícil de concebir, lo cierto es que para muchísimas personas esa segunda vida proporcionada por el sistema Second Life es la única vida que cuenta: la que transcurre en el ciberespacio.