100 Clásicos de la Literatura. Люси Мод Монтгомери
Читать онлайн книгу.puedo hablar en casa del marido, compañero.
—Daisy tiene una voz indiscreta —señalé—. Está llena de… —dudé.
—Es una voz llena de dinero —dijo Gatsby de repente.
Así era. No lo había entendido hasta entonces. Llena de dinero: ése era el encanto inagotable que subía y bajaba en aquella voz, su tintineo, su canción de címbalos y campanillas… En la cumbre de un palacio blanco la hija del rey, la chica de oro…
Tom salió de la casa con una botella envuelta en una toalla, seguido de Daisy y Jordan, que se habían puesto unos sombreritos de un tejido metálico y llevaban en el brazo unas capas ligeras.
—¿Vamos todos en mi coche? —sugirió Gatsby. Palpó el asiento de piel verde, muy caliente—. Debería haberlo dejado a la sombra.
—¿El cambio de marchas es normal? —preguntó Tom.
—Sí.
—Entonces coja mi cupé y déjeme que conduzca su coche hasta la ciudad.
A Gatsby no le gustó la sugerencia.
—Creo que no tiene suficiente gasolina.
—Hay de sobra —dijo Tom, impetuoso. Miró el indicador—. Y si se acaba, puedo parar en un drugstore. Hoy día puedes comprar cualquier cosa en un drugstore.
Un silencio siguió a esta observación, aparentemente sin segundas intenciones. Daisy miró a Tom frunciendo las cejas, y una expresión indefinible, a la vez irremediablemente extraña y vagamente reconocible, como si yo sólo hubiera oído las palabras que la describían, pasó par la cara de Gatsby.
—Vamos, Daisy —dijo Tom, empujándola hacia el coche de Gatsby—. Te llevaré en este carromato de circo.
Abrió la puerta, pero Daisy eludió el círculo de su brazo.
—Lleva a Nick y Jordan. Nosotros te seguiremos en el cupé.
Se acercó a Gatsby y le tocó la chaqueta. Jordan, Tom y yo nos sentamos en el coche de Gatsby, los tres delante. Tom tanteó el embrague y la palanca de cambios que no conocía y salimos disparados hacia el calor oprimente, perdiendo de vista a los que quedaban atrás.
—¿Os habéis fijado? —preguntó Tom.
—¿En qué?
Me miró con intensidad, dándose cuenta de que Jordan y yo lo sabíamos todo.
—Creéis que soy imbécil, ¿no? —sugirió—. A lo mejor lo soy, pero tengo… A veces tengo un instinto especial que me dice lo que debo hacer. Puede que no lo creáis, pero la ciencia…
Calló. La situación de emergencia inmediata se le impuso, apartándolo del borde del abismo teórico.
—He hecho una pequeña investigación sobre el tipo ese —continuó—. Y, si hubiera sabido, habría profundizado más.
—¿Quieres decir que has ido a una médium? —preguntó Jordan de broma.
—¿Cómo? —nos miraba confundido mientras reíamos—. ¿Una médium?
—A preguntarle por Gatsby.
—¡Gatsby! No, no he ido. He dicho que he hecho una pequeña investigación sobre su pasado.
—Y has descubierto que estudió en Oxford —dijo Jordan, colaborando.
—¡Oxford! —exclamó, incrédulo—. ¡Qué estupidez! ¡Y lleva un traje rosa!
—Pero ha estudiado en Oxford.
—En Oxford, Nuevo México —Tom lanzó un bufido de desprecio—, o en algún sitio por el estilo.
—Dime, Tom. Si eres tan esnob, ¿por qué lo has invitado a comer? —preguntó Jordan de mal humor.
—Lo ha invitado Daisy: lo conoció antes de casarnos. ¡Dios sabe dónde!
Ahora los tres estábamos irritables porque pasaban los efectos de la cerveza y, dándonos cuenta, viajamos un rato en silencio. Cuando aparecieron al fondo de la carretera los ojos descoloridos del doctor T. J. Eckleburg, recordé el aviso de Gatsby sobre la gasolina.
—Tenemos suficiente para llegar a la ciudad —dijo Tom.
—Pero hay ahí mismo una estación de servicio —objetó Jordan—. No quiero quedarme parada en este horno.
Tom, impaciente, usó los dos frenos a la vez y nos deslizamos hasta un rincón árido y polvoriento bajo el letrero donde se leía Wilson. Al cabo de unos segundos el propietario surgió del interior del garaje y lanzó una mirada vacía al coche.
—¡Gasolina! —gritó Tom, brutal—. ¿Para qué cree que hemos parado? ¿Para admirar el paisaje?
—Estoy enfermo —dijo Wilson sin moverse—. Llevo enfermo todo el día.
—¿Qué le pasa?
—Estoy agotado.
—Bueno, ¿me sirvo yo? —preguntó Tom—. Por teléfono parecía estar perfectamente.
Wilson dejó con esfuerzo la sombra y el apoyo de la puerta y, respirando con dificultad, quitó el tapón del depósito. A la luz del sol tenía la cara verde.
—No era mi intención molestarlo durante el almuerzo —dijo—. Pero necesito dinero rápido y quería saber qué piensa hacer con su coche viejo.
—¿Le gusta éste? —preguntó Tom—. Lo compré la semana pasada.
—Es estupendo, amarillo —dijo Wilson, mientras se afanaba con la manivela del surtidor.
—¿Quiere comprarlo?
—Es demasiado —Wilson sonrió débilmente—. No, pero al otro podría sacarle algún dinero.
—¿Y para qué necesita dinero con tanta urgencia?
—Llevo aquí demasiado tiempo. Quiero irme. Mi mujer y yo queremos irnos al Oeste.
—Su mujer quiere irse —exclamó Tom, muy sorprendido.
—Lleva hablando de eso diez años —se apoyó un instante en el surtidor, protegiéndose los ojos del sol—. Y ahora se va a ir quiera o no quiera. Me la pienso llevar.
El cupé nos pasó a toda velocidad con un torbellino de polvo y el centelleo de una mano que saludó.
—¿Cuánto le debo? —preguntó Tom con voz desagradable.
—He notado algo raro estos últimos días —señaló Wilson—. Por eso me quiero ir. Y por eso lo he molestado con lo del coche.
—¿Cuánto le debo?
—Un dólar veinte.
El calor despiadado empezaba a aturdirme y me sentí mal unos segundos hasta que comprendí que Wilson no sospechaba de Tom. Había descubierto que Myrtle llevaba algún tipo de vida al margen del matrimonio, en otro mundo, y el golpe lo había puesto físicamente enfermo. Miré a Wilson y luego a Tom, que había hecho un descubrimiento paralelo una hora antes, y se me ocurrió que no existe diferencia entre los hombres, ni de inteligencia ni de raza, tan profunda como la diferencia entre los enfermos y los sanos. Wilson estaba tan enfermo que parecía culpable, imperdonablemente culpable, como si acabara de dejar embarazada a una pobre chica.
—Le venderé el coche —dijo Tom—. Se lo mandaré mañana por la tarde.
Aquel sitio tenía siempre algo inquietante, incluso a la luz clara de la tarde, y volví la cabeza como si me hubieran avisado de que algo acechaba a mi espalda. Sobre los montones de ceniza los ojos gigantescos del doctor T. J. Eckleburg seguían vigilantes, pero, al cabo de un momento, me di cuenta de que otros ojos nos miraban con especial intensidad a menos de seis metros de distancia.
En una de las ventanas de la planta superior del garaje las cortinas